Experta aborda cambios que debiera experimentar sistema de admisión a la Educación Superior

Con normalidad se ha desarrollado la versión 2011 de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), que hasta hoy rinden más de 270 mil jóvenes y adultos. Se trata del instrumento oficial con que las universidades del Consejo de Rectores -más ocho planteles privados que se han adscrito desde este año- seleccionan a sus futuros estudiantes.

Si bien el actual instrumento vino a reemplazar a la antigua Prueba de Aptitud Académica (PAA), éste no ha estado exento de análisis e incluso críticas desde diversos sectores a lo largo de los 8 años que lleva aplicándose.

En este sentido, la experta en educación y académica de la Universidad de Santiago, Soledad Erazo, enfatiza que si bien la prueba conjuga adecuadamente la medición de contenidos y destrezas cognitivas del pensamiento, deja de lado factores importantes a la hora de evaluar el desempeño académico universitario que podría presentar un/a joven.

“No comparto las críticas que invalidan a la PSU como instrumento capaz de medir conocimientos, de hecho, me parece buena, sin embargo, existe una serie de capacidades o disposiciones fundamentales hacia el trabajo académico, que quedan fuera de la medición cognitiva representada por la prueba, y es ahí donde se presenta una cierta debilidad, más que de la prueba en sí, del sistema de admisión a la educación superior”, comenta la Dra. en Educación de la estatal Universidad de Santiago.

De acuerdo con Soledad Erazo, una medición más adecuada, “debiera tomar en cuenta que en todo sujeto, y en quienes aspiran a la educación superior, confluyen una serie de aptitudes y  disposición básicas, además del dominio cognitivo de los conocimientos específicos representados en el curriculum escolar”.

Según analiza la académica del plantel estatal, el puntaje de la PSU representa el desempeño del estudiante en contenidos y capacidades de alta, media y baja complejidad. Agrega que al medir conocimientos adquiridos -incorporados de diferentes formas en los sistemas municipal y particular-, y no capacidades desarrolladas y adquiridas como parte del historial académico, “se explica que de alguna manea reproduzca los niveles de estratificación social” que presenta el sistema educativo.

Una pregunta clave, a juicio de la investigadora en materia de educación, es qué se espera de un sujeto que busca acceder a la educación universitaria. “Las disposiciones básicas o generales en relación a la tarea, comúnmente asociadas a competencias básicas en los currícula de formación superior, son tanto o más necesarias para el éxito académico, y las notas de Enseñanza Media, así como el lugar que ocupa el estudiantes en relación a su grupo de referencia lo reflejan de buena manera”, puntualiza Erazo.

 
Respuestas abiertas

La directora del Doctorado en Educación Intercultural de la Universidad de Santiago, agrega que el problema mayor no es propiamente de la PSU, sino del sistema de selección a la educación superior.

“El sistema de admisión debe evaluar qué ponderación dará a variables tan relevantes para el ingreso, permanencia y éxito académico, como son las capacidades o competencias básicas y los aspectos vocacionales que sustentarán la vida académica del estudiante. Ello supone diseñar un modelo de admisión y no sólo de selección, que valora, junto con las disposiciones cognitivas, la trayectoria escolar del estudiante  y aporta a las instituciones información relevante para la implementación de estrategias y programas de seguimiento, así como contención institucional y acompañamiento del éxito académico en la educación superior.

En lo que respecta a una de las posibles modificaciones que pudiera añadirse a la PSU, es la aplicación de preguntas cuyas respuestas no sean cerradas. “no veo por qué no incorporar una o dos respuestas abiertas en lenguaje y matemática, en las cuales las y los jóvenes puedan –por ejemplo- frente a un contexto problematizador,  expresar tendencias, posiciones, información proveniente de sus propias redes y soluciones, en las que su experiencia personal,  lenguajes particulares, creatividad, pensamiento crítico y estilos cognitivos tengan posibilidad de expresarse y ser valorados. Ello, junto a la adecuada ponderación de su trayectoria escolar, permitiría incorporar al menos un elemento de equidad a los sistemas de admisión”, enfatiza la experta de la U. de Santiago.